Rubén Sola Gil estudia psicología en Reino Unido. Con la ayuda de psicólogos y neurocientíficos en «La mente detrás del telón» investigara el funcionamiento y la raíz de muchos de los problemas psicológicos que nos afectan con el objetivo de comprendernos, y ayudar a resolver estos problemas. en esta ocasión estará charlando sobre sexo con Raúl Padilla.

 

En este Podcast habla con Raúl Padilla sobre la concepción que tenemos sobre el sexo. Además, en esta primera parte también hablamos de sexualidad, y de cómo podemos investigar cuáles son nuestros gustos en este campo. Te invito a que imaginar tu respuesta a las preguntas que surgen.

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Charlando sobre sexo con Raúl Padilla. PÓDCAST La mente detrás del telón de Rubén Sola Gil

Parte 1

Parte 2

 

Aun siendo un aspecto esencial, la mayoría de los niños y adolescentes reciben información sobre sexualidad desde Internet, en vez de los padres hablar de sexo con los hijosAsí lo dice la Encuesta Nacional de Anticoncepción y Sexualidad que presentó en 2019 la Sociedad Española de Contracepción. Para el 47% de los menores, esa es su vía de formación, seguida de los amigos y los profesores. Los progenitores ocupan el último puesto, con diferencia entre las madres (23%) y los padres (12%).

¿Qué falla para que los hijos tengan que recurrir a otras fuentes y no a su familia? No es sencillo hablar de sexo con los hijos. El pudor y los tabúes juegan mucho a favor de que esta situación, aun hoy, se perpetúe. Y eso a pesar de que los niños adelantan cada vez más la fecha de la primera relación sexual. Según la citada encuesta, está en los 16,4 años. Menores que, en la mayoría de los casos, no han recibido ninguna formación en este sentido por parte de sus padres.

La sexualidad no es solo sexo

Uno de los mayores errores que comenten los adultos en relación a este tema es reducir la sexualidad al sexo. “La educación sexual es mucho más que hablar sobre de dónde vienen los niños, qué es hacer el amor o las enfermedades de transmisión sexual”. “Es algo que, además de escucharse, se siente, se comparte y se vive. La educación sexual debería formar parte de la educación como una más de las dimensiones de la vida”.

Desde que son bebés, los niños exploran su cuerpo y buscan estímulos; con año y medio ya son bastante conscientes de su realidad corporal. Por eso, la educación sexual empieza desde mucho antes de lo que se cree, siempre adaptándola al interés y a la capacidad del menor. Una buena forma de educar sanamente en la sexualidad es referirse a las partes íntimas con su nombre verdadero desde que los niños empiezan a nombrarlas: vagina y pene. Lo hacen así también en los centros escolares y al niño le beneficia no sentir que todo ello es misterioso y por eso recibe nombres raros.

Errores que debemos evitar

A partir de los cinco años, los niños comienzan a hacerse preguntas sobre la sexualidad. Algunos las formularán en alto y otros no. Es muy importante que los padres se muestren accesibles para charlar sobre ello; eso sí, “adaptando el lenguaje y el contenido a la realidad evolutiva de quien nos escucha, porque lo más importante en la comunicación no es quien dice algo sino quien lo escucha”.

En esas primeras preguntas sobre sexualidad o sobre el origen de la vida, conviene no cometer errores como estos:

  • Mentir. No se puede decir a los niños que los bebés vienen de París o que los trae la cigüeña, sino dar una explicación adaptada a su edad del proceso de gestación.
  • Ridiculizar sus intereses o no responder a sus preguntas con expresiones como “y a ti qué te interesa”, “eres muy pequeño para saber eso” o “estas son cosas de mayores”.
  • No asegurarse de que han entendido la conversación. Después de terminar conviene cerciorarse de la idea que ha sacado el niño.
  • Dar una clase magistral. “Se debe producir una interacción y no un monólogo o una clase magistral”. En este sentido, no deberían ser conversaciones con mucha solemnidad o un protocolo especial, como “cariño, ven aquí, que mamá tiene que hablarte de algo muy importante”.
  • No ponerse en su lugar. Los niños suelen hacer preguntas para corroborar o refutar sus hipótesis; es así también en temas relacionados con la sexualidad. Es muy importante ponerse en el lugar del niño y “saber qué pregunta, por qué lo pregunta, qué piensa sobre ello y cuál es la idea que necesita corroborar”, destaca el terapeuta.

La pubertad, una edad clave

La pubertad es el periodo en que los niños se preparan para la adolescencia (algunos la sitúan entre los 8 y los 13 años, y otros entre los 9 y los 14). Es un momento de excepcional importancia para ahondar en la educación sexual, sobre todo porque comienzan a vivirse cambios tan profundos a todos los niveles que necesitan estar preparados. Les cambia la voz, aparece la menstruación, pueden comenzar las autoexploraciones, las primeras relaciones con otras personas. “La sexualidad empieza mucho antes de realizar el coito y es mucho más amplio que este”. “Si tenemos un entorno que vive de espaldas al hecho sexual lo veremos como algo oculto y especialmente atractivo, morboso, y lo viviremos con culpa y en la clandestinidad, pero lo viviremos de todas maneras”.

Si a esta edad no se han tenido conversaciones en este sentido, no se debe esperar más. En la adolescencia, ya es tarde.

Llega la adolescencia

Es muy difícil que si no se ha tratado antes el tema de la sexualidad en familia, el adolescente confíe en esta etapa en sus padres. Sus iguales, sus amigos, son los que los sostienen en esta fase, y los padres quedan muy atrás. Por eso es tan importante hablar de sexualidad con los hijos desde muy pronto.

Cuando nos sorprenden con que ya han realizado el coito, se nos eriza el pelo pensando en que, de repente, se han hecho personas mayores, como si volviéramos a verlos después de mucho tiempo y hubiéramos descubierto que han dado el estirón. Eso quiere decir que nos estamos perdiendo parte de su desarrollo, porque todo es gradual y progresivo.

El ejemplo de los padres

Como en otros ámbitos de la vida, el ejemplo de los padres influye mucho en la manera en que los hijos entienden y viven la sexualidadLos progenitores han de convertirse en un espejo en el que sus hijos “puedan mirarse e identificarse para vivir su sexualidad positivamente” al hablar de sexo con los hijos.

Así, los hijos deberían aprender de sus padres “a no usar su sexualidad sino a vivirla, sentirla y a compartirse con cada persona emocional y afectivamente con seguridad, disfrutando de su tiempo y siendo empático con las necesidades de los demás sin olvidarse de sí”.

Hay que tener en cuenta, además, “que en el día a día hay mucha educación sexual que realizamos a base de silencios, cambios de conversación y malas caras. No hablar de sexo con los hijos también comunica”.

En definitiva, de forma consciente o no, los padres educan a sus hijos en la sexualidad desde muy temprana edad. Cada niño muestra un tipo de interés y es bueno que pueda resolverlo con sus padres, que adaptarán sus mensajes a su madurezConviene tratar el tema antes de que sea una urgencia y de sentir que se ha llegado tarde.

Culpa culpita… ¿Si Sigmund Freud no hubiera existido se habría producido el nacimiento del psicoanálisis? ¿Si Hitler no hubiera nacido se habría producido el movimiento Nacional Socialista en Alemania? ¿Sin Garibaldi habría sido posible la unificación italiana?

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En alguna circunstancia probablemente todos hayamos pospuesto algo que teníamos planeado hacer, o que era necesario, por una labor más agradable o simplemente hemos usado como excusa un «deber ineludible» para retrasar su ejecución.

Este hecho, como cualquier conducta, cuando se convierte en recurrente puede llegar a ser un hábito. El hábito de diferir o posponer la ejecución de tareas que deberían ser atendidas se llama procrastinación y puede convertirse en un verdadero problema cuando nos lleva a vivir en el filo de la navaja del tiempo de ejecución de las tareas.

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Funciona como el efecto dominó… una ficha es derribada y derriba la siguiente en un movimiento continuo. Comienza con una percepción, con una emoción o con un pensamiento, y a partir de ahí empieza esta caja de resonancia.

La ansiedad es una respuesta conjunta del pensamiento, el cuerpo y la conducta ante un estímulo que es evaluado como peligroso… esta es la definición académica, pero ahora hago referencia a un estado de hipervigilancia y de detección de posibles anomalías que nos alejan de la tranquilidad, de la homeostasis.

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La falta de confianza y la necesidad de restitución son dos de las consecuencias más comunes tras una infidelidad. Aunque se dan a la vez, cada una funciona de forma distinta y afectará a la pareja de forma distinta.
La falta de confianza, cuando se produce, crea una sensación de inseguridad y de desamparo porque se ha caído uno de los pilares en los que se había construido la vida de la pareja. La sensación de alienación del otro, al compartir con otra persona algo que creía privativo de su relación, le sitúa en una posición de desigualdad emocional, ya que recibe reforzamiento de dos personas cuando la pareja sólo la está recibiendo de una.
La apertura de una sola parte de la relación produce un desequilibrio que necesariamente quiere compensar la parte agraviada. El problema se produce cuando esa persona se da cuenta de que por sí misma no puede reequilibrar la situación a menos que quien abrió la relación no ponga de su parte, y una condición necesaria es que rompa la relación que originó ese desequilibrio.
Ésta es una sana petición a priori no lo es tanto cuando en juego hay algo más que una aventura fuera de la pareja. Cuando el nuevo vínculo fue establecido sobre unas bases que siguen estando presentes en la actualidad se complica bastante el mosaico, ya que no es tan sencillo desmontar una relación laboral o social como una relación que se creó al margen de estos pilares vitales.
Quien ha apostado por seguir con su pareja cree que con esa decisión ya ha solucionado la mitad del problema, y que el resto simplemente es día a día ir construyendo, pero se equivoca en una parte. La sensación de agravio y la búsqueda de compensación, la reivindicación y el reconocimiento que espera la parte agraviada son piezas que no se pueden obviar para iniciar la reconstrucción.
Es distinto cómo se afronta el replanteamiento de la pareja tras una infidelidad dependiendo del lado en el que se esté… pero si se ha optado por continuar la relación en pareja conviene tener claro que sólo hay dos partes, la de la persona que ha iniciado y mantenido una relación paralela y la de la persona a la que esta relación le ha sobrevenido. No hay más partes.
Conviene aclarar este punto ya que desde el lado del infiel puede producirse la fantasía de que es posible articular las dos relaciones paralelas cambiando la naturaleza de la iniciada en segundo lugar. Algo así como no cortar el contacto de amistad sin ninguna otra finalidad que seguir manteniendo a alguien importante en su vida. Una relación satisfactoria y para nada relacionada con la pareja que está intentando salvar… ese es su lado de la cama.
Desde el lado de quien se ha visto apeado de su tranquilidad de pareja, la relación paralela tiene mucho más importancia que para quien la vivió, y es más trascendente. Implica que no se puede pasar página porque esa persona se mantiene en contacto con su pareja, no forma parte del pasado de su pareja sino de su presente… y eso hace que el presente siga doliendo.
Definitivamente no ayuda a retomar la confianza en la pareja que siga dando señales de vida quien la puso en peligro. Pero además hay un aspecto que no se debe obviar. El desagravio y la sensación de que merece una restitución. La idea de haber sufrido una injusticia conlleva la necesidad de resarcimiento, y eso pasa no tanto por que el otro abandone la relación paralela como por que queme sus naves, por que se identifique con sus sentimientos y en consecuencia, por que la reconozca como pareja y como proyecto claro de futuro, de único futuro. Una especie de vuelta al núcleo de la pareja sin distracciones para ninguno de los dos.
La falta de confianza puede paliarse con un reencuentro y un proyecto revitalizado de futuro, con un volver a creer en la relación, pero mientras no haya un corte abrupto en la relación finalizada no se puede empezar a construir. La herida no se deja secar y el reproche llama a la culpa que se entiende como lástima, y la lástima poco tiene que ver con el amor. Colocar a cada persona en su sitio es una buena forma de finalizar algo para empezar a construir algo nuevo, algo reforzante para todos los miembros de la pareja, que sólo son dos.

De repente un día dejan de funcionar las reglas que nos servían, nos sentimos divididos y extraños de nosotros mismos, frágiles y perdidos.

Tenemos, por un lado, la inercia vital que nos ha llevado a donde nos encontramos y nuestra vida tiene sentido porque la vivimos intensamente. Somos jóvenes rondando la cuarentena, tenemos éxito y llevamos la vida que ya elegimos en su momento… pero, por otro lado, hoy nos plantamos delante de dudas que no nos habíamos planteado hasta ahora.

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Una de las primeras preguntas que me suelen hacer en terapia sexual es cuál es la frecuencia normal con la que se mantienen relaciones sexuales, sobre todo, digo yo, para ubicarse y tener una referencia de la gravedad de su caso con un dato «objetivo». Mi respuesta siempre es la misma:

“Entre una vez al año y siete veces al día. Menos de una vez al año podría considerarse falta de interés y más de siete veces al día de forma continuada puede tener efectos perjudiciales para la salud, sobre todo si se produce eyaculación en todas ellas.”

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Llevamos a una relación de pareja el cúmulo de relaciones que hemos ido construyendo durante toda nuestra vida.

El ser humano como ente individual acaba de formarse fuera del útero materno, a diferencia de otras especies de mamíferos superiores, debido a que no nace lo suficientemente maduro como animal como para tener un mínimo de independencia. Es en este fin de periodo madurativo en el que la cultura se cuela en la programación genética única de la persona y le define como ser eminentemente social.

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Es un varón.

Ser varón significa muchas cosas… por el mero hecho de que en un momento de la gestación se castre un alelo que potencialmente podía haber seguido su desarrollo hacia un cromosoma X, pero que por la acción de determinados genes se manifestó como Y, masculino, podemos decir que existe un pequeño hombrecito creciendo dentro de la tripa de mamá a las dieciséis semanas de gestación. En esencia, cuando el bebé sale del cuerpo de su madre lo primero que se mira es la entrepierna del chiquitín en busca de su atributo definitorio, a mucho antes del nombre… Es un varón.

La etiqueta está puesta y, como un corazón tallado a navaja en la corteza del árbol, se irá desarrollando y amoldando al paso del tiempo en círculos concéntricos de crecimiento troquelado por el afilado diagnóstico.

Sí, ser varón significa que el llanto es prueba de debilidad porque no se soporta el dolor. Porque sólo se llora por dolor. La expresión emocional básica queda así empobrecida y dirigida a la consecución de objetivos.

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