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La eyaculación precoz no existe

Una de las consultas más habituales que me he encontrado en terapia sexual es la eyaculación precoz. Los hombres que la padecen suelen sentirse mal, como si tuvieran una enfermedad que les impidiera controlar la eyaculación, como quien controla los esfínteres durante los primeros años de su vida.

La primera sesión es fundamental para el proceso terapéutico, porque en ella llegamos a la conclusión de que están diseñados, todos los varones, para eyacular ante el roce del glande con una superficie suficientemente tensa y agradable.

El coito es una trampa de la naturaleza para la reproducción, y si pensamos en un primer plano de ese acto sexual nos daremos cuenta de esta trampa. Mientras el principal órgano para dar placer a la mujer además del cerebro, el clítoris, se encuentra a varios centímetros del centro de la fiesta, el principal productor de placer del varón, además de su cerebro, está siendo estimulado de la mejor forma posible, está en el centro de la diversión. No es extraño, pues, que quien más estimulación reciba acabe antes.

Es completamente saludable conseguir un nivel de excitación al iniciar el coito que nos lleve a la eyaculación, otra cosa es que sea deseable. Pero ese deseo no es natural sino aprendido. Hemos aprendido que debemos durar mucho al realizar el coito porque de ello depende que disfrutemos los dos. Como si no hubiera más formas de disfrutar que no fueran el coito, antes y después de la eyaculación.

La eyaculación precoz no existe, pero se puede ayudar a controlar el reflejo de eyaculación para que podamos elegir si nos dejamos ir y disfrutar en un instante o si queremos prolongar el placer más tiempo, aunque sea pagando el precio de reprimir un instinto primario tan básico como la vida.

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