anaxagoras

¿Si Sigmund Freud no hubiera existido se habría producido el nacimiento del psicoanálisis? ¿Si Hitler no hubiera nacido se habría producido el movimiento Nacional Socialista en Alemania? ¿Sin Garibaldi habría sido posible la unificación italiana?

Cuando ha sucedido algo que nos afecta de una u otra manera no podemos evitar pensar en términos causales. Así repasamos todo lo que tiene que ver con este suceso y con lo que ha tenido que ver en que haya terminado así. Este modo de funcionamiento de la mente humana ha sido puesto en evidencia y verificado por científicos del MIT en un trabajo en el que se demostró que cuando buscamos al causante de un hecho en un candidato determinado, nuestros ojos trazan las circunstancias que habrían tenido lugar si ese candidato a causante no hubiera producido efecto alguno. En el caso de este trabajo se trata de bolas de billar que en distintas situaciones tienen trayectorias en las que chocan unas con otras y tienen efectos distintos. Cuando al observador se le pide que diga si una bola ha sido la responsable de que otra, por ejemplo, se haya metido en el agujero sigue el recorrido de las bolas con los ojos y luego mueve también los ojos en un recorrido que habrían seguido las bolas en caso de que la impactante no hubiera existido. Se busca una realidad paralela en la que no hubiera intervenido para valorar su responsabilidad en el efecto real de caída en el agujero.

El ser humano concibe la realidad directa de forma causal, es decir, suceden una serie de eventos en nuestro entorno que vienen determinados por una serie de circunstancias a las que atribuimos su causa, dándose así un nexo de unión entre dos fenómenos que antes estaban aislados. Nuestra mente crea entonces una relación de consecuencia lógica. Esto ha pasado por aquéllo. Esta relación puede, así, aislarse del contexto en el que se dio y elevarse a un nivel superior, buscando culpables o creando leyes lógicas, o bien quedarse en su contexto y no llamar la atención demasiado, puede caer dentro de la cotidianidad.

Continuamente estamos realizando atribuciones causales, previendo efectos y ajustando causas según los objetivos que estamos buscando. Pero también estamos siendo afectados por el ambiente en cuanto a que participamos de él e inexorablemente cuando pulsamos un interruptor esperamos que la bombilla comience a iluminar la estancia. Causa y efecto…

Si lo que ha sucedido es suficientemente importante necesitamos achacarlo a algo o a alguien. La incertidumbre no se lleva bien con la mente humana, que a todo efecto ha de buscar una causa; y de ahí que cuando hay alguien o algo que está física, temporal o, incluso, emocionalmente relacionado, tendemos a cargarle con la culpa hasta que se prueba su inocencia para empezar en nuestra cabeza, y luego fuera de ella. Es curioso que uno de los pilares de nuestra civilización es la suposición de inocencia salvo en prueba contraria… La búsqueda de un culpable es inevitable si queremos pasar página y devolver la predictibilidad a nuestra mente o a nuestro entorno.

El problema de esta visión simplista de la realidad en la que hay causas y efectos aislados es que no corresponde con la realidad. En la realidad todos los elementos están relacionados entre sí de una u otra manera y configuran un sistema de relaciones en el que se da una cierta circularidad más que linealidad. Sobre todo se puede apreciar en las relaciones sociales más que en las físicas (aunque éstas no están en ningún modo libres de la circularidad). En una relación circular hay efectos que se convierten en causas que producen efectos, sin que haya un claro principio en la serie de fenómenos. Un ejemplo en relación con la culpa sería una relación de pareja en la que un miembro llega siempre tarde a casa y su pareja, cuando llega a casa sólo se relaciona con él para recriminarle. Es decir, que un miembro de la pareja está continuamente recriminando y por eso el otro miembro de la pareja prefiere llegar a casa tarde. ¿Quién es culpable?

Para evitar caer en el riesgo de culpabilizar deberíamos utilizar el lenguaje y cambiar la palabra Culpa por Responsabilidad, y así poder enfrentarnos a la situación desde un punto de vista constructivista. Ante la culpa sólo nos cabe el arrepentimiento y el perdón, pero ante la responsabilidad el aprendizaje y la restitución en la medida de lo posible. De este modo, si en la pareja anterior miráramos la responsabilidad de cada miembro, dilatar conscientemente la vuelta a casa y sólo interactuar para reprochar, en vez de abundar en la conducta desadaptativa podríamos ir más allá y crear el ambiente relajado que quiere un miembro y el tiempo en pareja que necesita el otro.

Es común el uso de cabezas de turco, sobre todo en estructuras de poder como el trabajo. Una cabeza de turco es alguien que puede cargar con las culpas sin que el sistema corra gran peligro. Cuando somos señalados como culpables de algo el primer paso que deberíamos dar es reflexivo e interno, ver la relación que tenemos con ese fenómeno con el que nos relacionan, y en un segundo lugar ver hasta dónde llega nuestra responsabilidad. Una vez que tenemos clara cuál es nuestra porción de culpa, debemos cambiarla de nombre a responsabilidad y actuar en consecuencia, pidiendo disculpas por el daño que haya podido producir nuestra acción o inacción y prestándonos a restaurar en la medida de lo posible el daño que hemos realizado.

 

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