La trampa del sexo por Raul Padilla

Hay dos grandes motivadores universales, el placer y el dolor… Universales porque se dan en todo ser vivo conocido. Desde una ameba hasta una planta, desde un hámster a un ser humano, todos los seres tienen una tendencia natural a buscar el placer y a evitar un dolor.

Placer y dolor son, muchas veces, las caras opuestas de la misma moneda, ya que, por un lado,  el dolor producido por la necesidad desaparece cuando el placer de satisfacer la necesidad llega finalmente; pero por otro lado el placer cuando cesa, o cuando aunque se esté disfrutando se anticipa que puede finalizar, da paso al dolor asociado a la pérdida.

Los seres vivos tenemos como una de nuestras funciones básicas la reproducción, y para ello la naturaleza se vale del poder motivador del sexo para juntar las células que necesitan encontrarse para producir vida.

Desde el dulce néctar de las flores que se hace irresistible a la polinizadora abeja hasta la cultura coitocéntrica para la cual el placer sexual más intenso culmina en una eyaculación intravaginal sin preservativo… sin una revisión desde la racionalidad, el sexo irremediablemente nos aboca a la perpetuación de la especie, pero esta racionalidad tan humana, a veces nos juega malas masadas, más veces de las que nos gustaría.

La visión individualista y eminentemente racional no ya tanto de especie, según la cual el sexo tiene una entidad aparte de la reproducción y la trasciende, choca a veces frontalmente con la programación bio psico social del sexo consustancial a la reproducción.

Si placer y dolor eran dos fuerzas determinantes, vale la pena examinar otras dos fuerzas que tienen relación con lo que explicaré más adelante y cierra la “trampa” sobre nuestra sexualidad. El deseo y el miedo.

El deseo es fusional, es una fuerza que hace que nos acerquemos a un objeto, nuestro objeto de deseo. Es la motivación para la acción y creador en sí mismo de necesidad, de pulsión en este caso sexual, una pulsión meramente animal pero, eso sí, mediatizada por el componente social de cada cual. Mediatizada, troquelada y pasada por el tamiz social que la hará aceptable o inaceptable.

El miedo es disruptor o paralizador, moviliza nuestro organismo como un todo en dirección al ataque o hacia la huida. De hecho la dirección que toman el héroe y el desertor en una guerra es la misma, pero cambia el sentido… la fuerza que les mueve no es otra que el miedo pero su respuesta de sentido opuesto. Detrás del miedo se encuentra la ansiedad, detrás y delante, el miedo vive rodeado de ansiedad.

Desde este punto de vista se puede hablar de trampa en varias dimensiones:

  • El deseo de placer personal, individual o mutuo, puede no compensar el miedo al dolor de una procreación no deseada.
  • Por otro lado, el determinante fisiológico de la procreación… la mayor implicación del glande en el coito en detrimento del clítoris nos lleva generalmente a la aparición de una respuesta orgásmica más acelerada en el caso del varón. Si existe una exigencia de rendimiento en el varón seguirá la frustración por no poder dedicar al placer tanto tiempo como, se supone, que deberían dedicar para estar a la par con su compañera de juegos.

En este punto se empieza a producir cierto miedo al placer, que genera una ansiedad que perpetúa la eyaculación precoz. Este miedo al propio placer que le pervierte y le convierte en algo tan contra natura como una eyaculación egodistónica en la que el fin para el que ha sido diseñado el cuerpo se vive como un error, como una equivocación o mal funcionamiento y se señala como síntoma de que algo va mal.

… y la trampa del sexo se cierra en un síntoma, la eyaculación precoz.

 

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