raul padilla terapia sexual

Tradicionalmente, los problemas de naturaleza sexual han sido abordados desde la perspectiva orgánica, médica. Este enfoque atribuye una mayor importancia en el origen así como en el curso de un trastorno sexual a factores biológicos: vasculares, endocrinos (hormonales), neurológicos, morfológicos o como efectos secundarios al uso farmacológico.

La concepción del problema sexual como disfunción o enfermedad orgánica individual, con un sujeto claramente identificable, conlleva el planteamiento de la terapia de forma análoga a la de cualquier otra enfermedad orgánica:

  • Historia clínica.
  • Diagnóstico.
  • Prescripción de tratamiento (farmacológico, quirúrgico, protésico…)
  • Seguimiento.

El objeto de tratamiento no es el paciente, sino su limitación funcional o morfológica. Se trata el síntoma como objeto de intervención dejando en un segundo plano a la persona y su sexualidad. Para este enfoque, la persona sexualmente normal sería aquella que puede culminar con éxito la relación sexual; léase cópula con eyaculación intravaginal.

Complementariamente a la orientación anterior, con el surgimiento de la psicología científica y el psicoanálisis aparece la visión psicologicista de la sexualidad humana, con un enfoque centrado en las trabas psicológicas que hacen que surja y se mantenga el problema sexual. Sin negar un componente orgánico, este punto de vista eleva a principal en la mayoría de los casos un conjunto de factores individuales como las vivencias en la infancia, la presencia de altos niveles de ansiedad o la anticipación del fracaso ante una necesidad de logro poco realista o simplemente la existencia de una psicopatología subyacente.

La reducción de la patología sexual a psicopatología, previa constatación de que no existe un daño orgánico que explique el caso, sigue teniendo al sujeto como paciente; y a su “conducta sexual insana” como objeto de tratamiento, auque no es lo mismo conducta sexual que sexualidad. Asimismo, las fases y el planteamiento de la terapia sexual no varían demasiado de las usadas en otros tipos de psicoterapia, asimilando así la sexualidad a otras manifestaciones humanas desde la premisa de que sigue las mismas reglas de funcionamiento.

Revisando los resultados de diversas investigaciones choca el distinto peso que tienen, dependiendo de la fuente, los factores biológicos o psicológicos. Así, en dos investigaciones contemporáneas se llegan a conclusiones diametralmente opuestas: 85% de componente orgánico frente a un 15 % de psicológicoversus 20 % de componente orgánico frente a un 80 % psicológico. Entre medias de estas radicales conclusiones existe un baile de cifras, cuando menos, sospechoso.

Masters y Johnson afirmaron en una de sus obras que: “La más abundante etiología de los problemas sexuales, más que de origen médico o psicopatológico, procede de las carencias educativas y de la ignorancia de la función sexual.” (Human sexual response, 1966)

Esta dicotomía tan manida de mente y cuerpo, orgánico o psicógeno, donde si no es lo uno debe ser lo otro, y donde no cabe el espacio ni la ambigüedad, deja en el tintero algo fundamental. La sexualidad humana como Ars Amandi, como cosa de dos.

Por otra parte, y respecto de la función sexual, ambas perspectivas comparten la idea de patología sexual como traba ante una función que tiene como fin la reproducción. ¿No será que se confunde (accidental o intencionadamente) reproducción con sexualidad?

Más explícitamente, la normalidad sexual pasaría por tener un deseo heterosexual, por poder conseguir y mantener una erección o una lubricación vaginal suficiente, por ser capaz de conseguir un acople copulatorio y, finalmente, por conseguir un orgasmo con eyaculación intravaginal.

La pregunta que flota en el aire es:

¿Dónde queda la sexualidad placentera sin directa intención reproductiva: los juegos, la comunicación sexual con uno mismo y con el otro. El placer, en definitiva, del Ars Amandi?

 

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