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La falta de deseo

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Tradicionalmente la falta de deseo se ha venido asociando al sexo femenino; tanto es así que la tradicional “frigidez” encaja perfectamente con el deseo sexual inhibido (nombre técnico de la disfunción) mientras que una traducción a términos masculinos podría ser la impotencia.

“La frígida nace, el impotente se hace”, concepción tradicional de este fenómeno, tiene la connotación de deseo presente que no puede ser consumado en la impotencia y, por otro lado, la visión de la frigidez como un problema individual consustancial con el género. La falta de deseo sexual es algo más compleja que esto, aunque el estigma cultural sigue estando tan presente en nuestra sociedad como lo estaba en la época de nuestros abuelos.

Como en cualquier otra faceta, la respuesta sexual humana no es la misma en todas las personas, ni siquiera en la misma persona a lo largo de su vida. Incluso en una etapa dada la respuesta sexual individual puede sufrir variaciones cuantitativas y cualitativas. Así, el deseo, la libido, las ganas de una aproximación sexual varía de persona a persona, y dependiendo de muchos factores variará dentro de la misma persona a lo largo de su vida.

En el desarrollo de la actividad sexual podemos encontrar tres fases: el interés, la excitación y la consumación. Cuando existe un déficit en el interés sexual (falta de deseo) es bastante probable que la actividad sexual no progrese adecuadamente a lo largo del resto de las fases.

En relación con el deseo sexual se pueden considerar, al menos, tres disfunciones:

  • El deseo sexual inhibido,
  • la insatisfacción con la frecuencia de la actividad sexual y
  • la aversión sexual.

DESEO SEXUAL INHIBIDO (DSI)

El deseo sexual inhibido (DSI) se caracteriza por que la persona carece de apetito sexual, no se siente atraída por el sexo ni por la posibilidad de poder llevar a cabo conductas sexuales. La persona no busca interacciones sexuales pese a que puedan ser accesibles y a que su capacidad de respuesta sexual no esté afectada. Esta falta de deseo no sólo se refiere al coito, puede incluir la masturbación, las fantasías y pensamientos de naturaleza sexual; incluso puede haber una pérdida de capacidad de percibir aspectos atractivos en aquellos posibles compañeros sexuales. Si se dan todas o la inmensa mayoría de las características anteriores estaríamos hablando de DSI total . La pérdida de la faceta sexual, lejos de constituir algo frustrante, se convierte en un alivio.

Más común en la práctica clínica es el DSI selectivo , en el que el rechazo se orienta bien a una o unas personas, o determinadas prácticas sexuales; siendo sexualmente receptivo al resto. Por ejemplo: una persona puede no desear mantener relaciones sexuales con su pareja, aunque mantenga una sexualidad sana en una relación paralela; o bien puede rechazar el coito manteniendo la masturbación como actividad sexual satisfactoria.

En la pareja la falta de deseo no es impedimento para mantener relaciones sexuales, ya que hay otros aspectos gratificantes para quien sufre DSI como ver disfrutar a la persona amada; o bien para evitar males mayores, como mantener la pareja aunque las relaciones sexuales o incluso la misma pareja no sean plato de gusto. Cuando esta situación se perpetúa suelen aparecer sentimientos negativos por parte de quien accede sistemáticamente a una actividad no placentera.

¿Cuáles son sus causas?

Aunque existen casos en que la inhibición siempre ha estado presente ( DSI primario ), habitualmente se presenta una vez que el deseo sexual ya estaba establecido ( DSI secundario ) y como respuesta a un desencadenante psicológico. Esto no implica que determinados fenómenos orgánicos como desajustes hormonales o endocrinos, o incluso el abuso de sustancias puedan jugar un papel principal para precipitar la inhibición del deseo.

Desde la causalidad psicológica, un patrón que se repite con bastante frecuencia es la monotonía sexual que lleva al aburrimiento y acarrea una pérdida del deseo en parejas de larga vida sexual en común. La repetición rutinaria de actividades estereotipadas muchas veces viene condicionada por una insuficiente si no perniciosa educación sexual, en la que la sexualidad se restringe a “la normalidad genital” privando a la persona de desarrollar algo tan valioso como su imaginación y su sensualidad en su vida afectiva.

La ansiedad relacionada con el sexo (que proviene tanto de la educación como de experiencias desagradables o por miedos irracionales) también puede desencadenar una falta de deseo; al igual que estados depresivos o de baja autoestima. En estos casos cuando se empieza a solucionar el síntoma psicológico generalmente el DSI remite, por lo que la causalidad parece bastante directa.

Los problemas de pareja también pueden desembocar en DSI; así las luchas por el poder, los desengaños o las discusiones pueden erosionar la pareja y el deseo (generalmente selectivo) de uno o ambos miembros.

Frente a la erosión paulatina existen desencadenantes puntuales como traumas sexuales, embarazos no deseados, episodios de abuso o violación.

Por último, aunque no menos importante, el DSI suele aparecer en clínica asociado a otros problemas sexuales (sobre todo en varones). Las explicaciones causales en este caso serían bidireccionales: por un lado tendríamos el caso de un varón con DSI que hace lo posible por “cumplir” aún a pesar de su falta de motivación, al cabo de un tiempo de “funcionar como un hombre” puede aparecer una disfunción eréctil o de la eyaculación, y es este síntoma el que le lleva a solicitar ayuda profesional. Por otro lado, en caso de encontrar las relaciones coitales poco satisfactorias por la existencia de un problema sexual (eyaculación precoz o vaginismo) se puede llegar a aborrecer cualquier indicio que anticipe una relación sexual ya que, lejos de significar la posibilidad de disfrutar implica la repetición de una experiencia, si no dolorosa, al menos frustrante.

¿Cómo se puede recuperar el deseo?

Al igual que no existe una única causa para la aparición del DSI, tampoco hay una receta magistral que haga que desaparezca. En los casos en los que el desencadenante es otro trastorno localizado, primero conviene centrarse en él para en un segundo momento abordar la recuperación del deseo.

LA INSATISFACCIÓN CON LA FRECUENCIA DE LA ACTIVIDAD SEXUAL

Cada persona tiene una determinada velocidad de carga sexual que necesita ser descargada para buscar el equilibrio. No es raro que dentro de una pareja en cada uno de sus miembros esta velocidad de carga varíe y, por tanto, que a uno le apetezca con mayor frecuencia que al otro mantener relaciones sexuales.

Si la comunicación de la pareja está deteriorada, esta diferencia de ritmos se vivirá de forma desagradable por ambos miembros. Por un lado se vivirá como que la pareja ya no le encuentra suficiente atractivo y que no es bien atendido sexualmente; por el otro se vivirá como que es presionado a realizar algo que no desea hacer, que su voluntad no es respetada. La situación problemática está servida.

Si la comunicación está bien establecida la diferencia de ritmos no trascenderá. Una propuesta de relaciones sexuales adecuada en un ambiente facilitador es difícil de rechazar, incluso por alguien que, de partida, no tiene en principio un interés sexual. Por otra parte, la actividad coital sólo es una parte más de la sexualidad. Si la comunicación funciona se puede buscar una solución alternativa en la que el miembro menos interesado en establecer una relación sexual ayude a conseguir placer a su pareja mediante otras técnicas no coitales.

Acerca del Amor y del Deseo (o ¡Cuánto daño ha hecho Hollywood a la vida en pareja!)

Salvo contadas excepciones (y, en éstas, tras un ejercicio de racionalicación) el hombre tiende a unir el amor y el deseo. Cuando se produce esta conjunción es algo maravilloso. El problema ocurre cuando falla alguno de los componentes. Es como si quedara coja la preciosa ecuación cuando se da amor sin deseo o deseo sin amor; y esto cuando se conciben los términos por separado, puesto que (siguiendo cualquier guión de Hollywood) cuando se acaba el deseo se acaba el amor y, por otro lado, el deseo sin amor es algo cuando menos “ilícito”. Esta tautología es uno de los más arraigados legados que ayuda a perpetuar la especie según nuestra cultura a expensas de sus individuos.

La reiterada negativa a iniciar un acercamiento sexual o la percepción por parte de un miembro de la pareja de que la otra parte no disfruta sexualmente, irremediablemente abre una serie de incertidumbres que, si no existe una comunicación adecuada, pueden pasar de grietas a abismos y a poner en peligro la propia pareja. Se cuestiona el propio atractivo; si el amor ha desaparecido; si existe una tercera persona (la exclusividad es otro útil legado con el mismo fin anterior); en fin, la falta de deseo salta de la cama y acompaña a la pareja en todos los ámbitos.

Lo que aprendimos sobre esa sexualidad que surge de forma espontánea, estable y natural cuando dos personas muy especiales se encuentran, nos lleva a considerar “extraño” que deba ser provocada, inestable y forzada por falta de deseo.

¿Dónde queda el amor? En Hollywood, que es en el único sitio en el que cada vez que se junta una pareja que se quiere ambos desean fogosamente iniciar una relación sexual y llegan al orgasmo a la vez.

¿Entonces el amor y el deseo no van unidos? No necesariamente, pero cuando lo hacen es mágico.

Por otra parte, el amor no es el único estímulo que provoca el deseo. Un aroma, una fantasía, el misterio dulce de una mirada provocadora puede avivar el deseo independientemente del amor.

LA AVERSIÓN SEXUAL

Si hasta aquí hemos visto una falta de ajuste o un desinterés sexual, la aversión sexual consiste en una evitación completa e irracional con todo lo relacionado con el sexo, incluso en la imaginación. Este trastorno también se denomina fobia al sexo . La respuesta al estímulo sexual, por mínimo que este sea, puede incluir síntomas fisiológicos como las nauseas, el incremento de la tensión muscular, de la tasa cardiaca o sudoración.

Esta fobia suele tener su origen, bien en una educación completamente inadecuada o bien en la vivencia de experiencias traumáticas como abusos, incesto, una violación o la persistente presión de la pareja para realizar conductas sexuales consideradas subjetivamente como aberrantes.

Como conducta de evitación, su tratamiento más eficaz es utilizando técnicas de modificación de conducta.