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La procrastinación y las adicciones

raul padilla la procrastinación

En alguna circunstancia probablemente todos hayamos pospuesto algo que teníamos planeado hacer, o que era necesario, por una labor más agradable o simplemente hemos usado como excusa un “deber ineludible” para retrasar su ejecución.

Este hecho, como cualquier conducta, cuando se convierte en recurrente puede llegar a ser un hábito. El hábito de diferir o posponer la ejecución de tareas que deberían ser atendidas se llama procrastinación y puede convertirse en un verdadero problema cuando nos lleva a vivir en el filo de la navaja del tiempo de ejecución de las tareas.

Cuando las tareas distractoras que podemos usar como excusas para huir de nuestro deber llegan a tomar tanta relevancia que se convierten en parte de lo cotidiano puede añadirse un segundo problema al principal. La adicción secundaria a la procrastinación.

Uno de los distractores más edulcorantes es el estímulo sexual, ya sea en forma de ensoñación o de búsqueda de su satisfacción, o, en una rápida y sencilla maniobra, a través de la pornografía en la Red de Redes. La sexualidad y su poder reforzante es la base de la vida y de ahí que el paso de su uso a su abuso, o incluso a la adicción sea tan sencillo, sobre todo en determinados patrones de personalidad.

El uso de pornografía y de estímulos sexuales para la satisfacción de nuestro deseo es algo además de muy satisfactorio para quien lo realiza, liberador y adaptativo, en la medida en la que no afecta al resto sus dimensiones personales. 

El problema viene cuando este uso no es suficiente y se necesita más estímulo para conseguir el mismo fin. Lo que en origen podía ser un momento más o menos largo de desahogo, no procrastinante sino motivante, se va transformando en la búsqueda como motor de un placer que se aleja en el tiempo según se prosigue su búsqueda y que, cuando llega, es quizá demasiado breve, con lo que ese tiempo tiene que alargarse para conseguir el mismo fin…

Se acabará convirtiendo en una conducta adictiva por este mecanismo y además porque cumple perfectamente con su objetivo de postergar la realización de una tarea menos reforzante al menos a corto plazo con un simple clic.

Algo parecido ocurre con las redes sociales. El ser humano se define como social, y no sólo por el carácter interpersonal de la sociabilidad, sino porque biológicamente nace tan inmaduro que acaba de formarse en contacto con las personas que le rodean. En la plasticidad del neonato, obviamente, lo social está muy presente.

La necesidad de afiliación, al igual que la sexualidad, es una inevitable fuente de placer y una tentación para procrastinar. El medio puede cambiar, desde la socialización en un lugar público a interminables llamadas telefónicas o sesiones maratonianas en cualquiera de las múltiples redes sociales nos pueden ayudar a no afrontar la tarea maldita.

En el caso de las redes sociales la socialización, y valga la redundancia, alcanza un nivel nuevo y con una entidad distinta a las filiaciones más tradicionales. Tanto la inmediatez como la accesibilidad a mucha información, y en buena medida privada sino íntima de las personas, abre la puerta a un mundo paralelo en el que se puede perder la noción del tiempo.

La virtualidad y el anonimato que pueden prestar estos medios de comunicación contrastan con la necesidad creada de pertenecer a ellos para no descolgarse de nuestra red real de apoyo social. Así una “obligación social” como el no perder el contacto con el grupo de referencia puede abrir la puerta a un universo paralelo plagado de agujeros negros que engullen el tiempo a borbotones, sobre todo si tenemos una buena excusa para ello.

Conductas adictivas como las anteriores pueden estar en la base de la procrastinación, pero a su vez, la procrastinación puede producirse por la compulsión de realizar estas conductas… El bucle está servido… 

¿Qué fue primero, la gallina o el huevo?

Ante la procrastinación existen pocas armas tan eficaces como la disciplina. Disciplina entendida como evitar el inicio de actividades distintas de la que se intenta procrastinar, evitar la dispersión en otras actividades importantes aunque no tan relevantes como la procrastinada.

Es importante crear un espacio para la realización de la actividad y mantenerlo, así es como podremos ir finalizando las tareas propuestas sin demasiado esfuerzo de concentración, al no haber sido desconcentrados por ninguna alternativa.

En caso de que nos cueste iniciar la tarea es fundamental no pasar a otra, mantenernos aunque sea inmóviles y sin realizar conducta alguna. Así estamos evitando que se disperse la atención e inevitablemente caerá en el objeto deseado, la maldita tarea.

Sobre los dos distractores de los que hablamos al principio, el uso estructurado tanto de la pornografía como de las redes sociales, es decir, que no se interponga en nuestros objetivos, es muy adecuado; para ello también deberíamos habilitar un tiempo determinado a lo largo del día para dedicárselo a estas actividades, rescindiendo su realización a ese horario en la medida de lo posible.

En caso de un excesivo malestar por no poder controlar la necesidad de uso no estaría de más buscar ayuda profesional, porque con unas leves pautas personalizadas podremos superar esta dependencia, que aunque no sea a sustancias sigue su misma trayectoria.

La máxima ante la procrastinación es un refrán que era de común uso muchas casas: “Primero la obligación y luego la devoción”.

 

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